Como ya dije, el tres en raya guarda su mejor rapel para el final, tras el que ya vislumbrábamos algunos compañeros escaladores que desde el parking se habían dirigido a las vías de escalada que se encuentran justo al final del barranco y nos miraban curiosos.
Para el rapel final y debido a la longitud del mismo, necesitaríamos la gran cuerda de 60 metros, que se hace muy incómoda de trabajar por que es más gruesa y su gran peso hace muy difícil deslizarse hacia abajo.
El primero en atacar el tres, y por razones obvias, fue Jordi que no tardó en darnos el visto bueno. Yo fui el segundo en descender y he de reconocer que la entrada al rapel fue una de las más incómodas y malparidas que recuerdo. Pero como todo, una vez desciendes todo se hace más llevadero. No tardé en llegar a la zona de la panza donde tendría la oportunidad de vivir por primera vez la experiencia del rapel ‘volado’ donde el escalador queda separado de la pared y baja colgando por el aire.
¡Que sensación más bonita!, es lo más parecido a volar que una persona tiene la oportunidad de vivir. Desde abajo, Jordi supo inmortalizar ese momento de cada uno de los tres que faltábamos por descender.
Tras ello… vítores, alegrías, entrechoques de mano y fotos de grupo. Una vez más habíamos concluido el reto: El tres en raya y la sensación fue, si cabe, incluso mejor que al finalizar la Oca.
Tras recoger nuestras mochilas, y saludar a los compañeros escaladores, no tardamos más que unos escasos minutos en regresar al coche donde nos despedimos de Jordi.
Ya de nuevo, en el Alcampo, David tiene la costumbre de cerrar sus aventuras con lo que él llama, El Café de la Victoria, que Marc quiso acompañar de un buen pedazo de pizza. Fue el final perfecto de una aventura perfecta que cabe agradecer de nuevo a Jordi, por animarnos a disfrutar de ellas en su grata compañía.





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